Por Juan Martínez

Que el Tribunal de tribunales haya tenido que salir al paso de la prohibición de las corridas de toros en Cataluña, con una sentencia razonada y razonable, es otra muestra más de la poca salud que padece la fiesta de los toros y de la mucha de la que goza en los tiempos presentes el populismo, el nacionalismo aldeano y la incultura.

Que algo tan arraigado en nuestro acerbo cultural, tan íntimamente atado al ser y sentir de nuestra tradición y nuestra memoria, sea objeto y bandera de aquellos que persiguen el desmembramiento y la aniquilación de toda una nación, es como poco inquietante.

Es una buena noticia, no cabe duda de que con esta resolución el mundo del toro ha sentido un esperado apoyo institucional y su autoestima se va a ver reconfortada con este soplo de legitimidad.

Pero eso, sólo es una buena noticia, una pequeña sutura en una herida que no deja de crecer. Hay un catálogo demasiado extenso de ataques desde todos los frentes, de satanización de lo taurino, de un bombardeo continuo dirigido a la sensibilidad más superficial del ser humano como es esa pretendida e hipócrita defensa de los animales.

La fiesta de los toros como entidad, sus dirigentes, sus protagonistas, sus comunicadores, los que han tenido poder e influencia durante decenios, durante siglos, no han visto, o no han querido ver al enemigo acercarse, un enemigo organizado y disciplinado, con medios y determinación suficientes para ir calando, como lluvia fina, en una sociedad hipersensible y maleable.

A nadie con voz, a ningún poderoso lobby del empresariado taurino, a ningún grupo influyente de toreros, o ganaderos, a nadie de los que han podido abonar el campo con vistas a mañana, se le ha ocurrido invertir un céntimo en algo parecido a promocionar, explicar, enseñar y en definitiva apuntalar un espectáculo que es único, que como dijo García Lorca: «Es la fiesta más culta del mundo».

Desde que hay memoria taurina han surgido voces apocalípticas desde dentro, la frase «esto se acaba» no ha dejado de sonar en todas las épocas del toreo en boca de los que veían un cataclismo cada vez que surgía un fenómeno nuevo, un cambio de ciclo, una ruptura con lo establecido, Belmonte, Manolete, El Cordobés, los transgresores que daban una vuelta de tuerca a la estructura del toreo, los que cambiaron la geometría y la estética, inspiraron a los agoreros que se resistían a lo desconocido, pero nunca hasta hoy se ha visto la fiesta tan atacada y cuestionada desde instancias sociales y políticas como en los tiempos presentes.

A día de hoy no se sabe si se está a tiempo, ni siquiera se tienen claras las armas a utilizar contra tan formidable enemigo, el mundo del toro, el gremio taurino, da la sensación de pollo sin cabeza, de defenderse a manotazos contra cañones y de carecer de efectivos para cubrir tantos frentes. Pero hay luz, sin duda hay luz, esa que resplandece cuando en la plaza vibran de emoción y de belleza miles de almas, esa que emana fuerte y clara cuando se produce el milagro y la magia del toreo.

No dejemos que se apague.

Fuente: La Tribuna de Albacete